Criando a mi agaporni

agaporni

Aún recuerdo como si fuera ayer, aquel día que me regalaron a mi agaporni. Tenía un conocido con familiares que se dedicaban a la crianza de estas aves tan llamativas y maravillosas. Una semana antes de mi cumpleaños este compañero del gimnasio se presentó en el mismo con el animal, que desde ese día sería el nuevo miembro de mi familia.

Por aquel entonces yo ya compartía mi vida con mis dos gatas: Coco y Bella. Vivíamos las tres en un pequeño estudio de apenas 35 metros cuadrados. Y aunque fuera poco espacio, para nosotras era suficiente. Ellas no querían más que estar donde yo estuviera…así que para qué querer más casa o más habitaciones…si estábamos siempre las tres juntas.

Ozil, que así llamé al agaporni, llegó a mí con apenas una semana de vida. Con 5 centímetros de largo y los ojos aun cerrados, no parecía que aquel ser tan diminuto y tan feo pudiera convertirse en un pájaro tan exótico y espectacular como eran los agapornis. Al ser tan pequeño y habiendo sido separado de su madre tan pronto, Ozil tenía pocas posibilidades de llegar al mes de vida. Sólo un sacrificio constante de tiempo y de cuidados podría hacer que ese pequeño agaporni llegara a la edad adulta.

Le construí un nido con calcetines para que estuviera cómodo y calentito, y las primeras tres semanas le colocaba debajo de un flexo, para que el calor de la luz le hiciera olvidar que no estaba arropado por el calor de su madre. Durante los dos primeros meses le daba de comer una papilla especial para agapornis, con una jeringuilla y cada dos horas. Las noches de esos dos meses se hicieron eternas, ya que cada dos horas sonaba mi alarma del teléfono para que me levantase a dar de comer al pequeñín.

agapornis

Reconozco que fueron unos meses llenos de sacrificio. Mucho tiempo y dedicación para sacar adelante a ese ser tan indefenso que en principio nadie apostaba porque pudiera salir adelante. Pero mereció la pena cada una de las veces que me levanté para darle de comer, que me quedé en casa para cuidarlo o que me lo llevé al trabajo para poder darle su papilla a sus horas. Pasaron los meses y Ozil seguía creciendo, se abrieron sus ojos, le empezaron a salir las plumas. Comenzó a comer él solo, y aprendió a volar. Tantos días ayudándolo a desplegar sus alas y por fin era capaz de mantenerse en el aire durante segundos.

Las gatas le respetaban y le querían, y hasta jugaban con él. Le habían visto crecer y no le veían como un pájaro de la calle, ni como un animal al que comerse, ni al que atacar… y si alguien atacaba, era el agaporni a las gatas, que se subía encima de ellas y las picaba en la cabeza para jugar. Fueron meses muy bonitos que no olvidaremos jamás. Ozil cumplió el año y se convirtió en el agaporni más bonito del lugar. Sus cánticos eran espectaculares, y emitía sonidos parecidos a palabras. Curiosamente las palabras que parecía decir coincidían con su nombre y con el nombre de las gatas, porque eran las palabras que yo siempre repetía mil veces en casa.

Cambiamos de casa porque el estudio se nos quedaba ya pequeño, y Ozil no tenía mucho espacio para sus vuelos. Y ampliamos la familia a uno más, Rondo, un perro lobo que adopté en una protectora de animales. Ya éramos 5 en la familia, y todos los animalitos se llevaban fenomenal. Pero al año y medio de Ozil, éste decidió abandonarnos y marcharse para no volver. Decidió que había llegado su hora de partir y de buscar sus propias aventuras. Abrió la puerta de su jaula y voló.

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Sé que está bien y que es muy feliz libre por las calles de mi ciudad. Y me siento orgullosa y contenta de haber podido sacarle adelante y haber compartido ese año y medio de mi vida con él.

Este post va por él y por todas aquellas personas que aman a los animales y que se han enfrentado en ocasiones a la pérdida de alguno de ellos.

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